BEATO ANDRÉS MOLINA

Infancia

Don Andrés Molina Muñoz nació en Ogíjares (Granada) el día 15 de abril de 1909, en la todavía Calle Estanco, su padre Manuel Molina Molina se casó con Carmen, de la que tuvo cuatro hijos: Josefa, Carmen, Manuel y Encarnación. De su segundo matrimonio con otra señora llamada Carmen Muñoz García tuvo dos hijos más: Andrés y Santiago.

Recibió el bautismo en esta parroquia el mismo día de su nacimiento y la confirmación con cinco años recién cumplidos: 17 de abril de 1914 de manos del Sr. arzobispo don José Meseguer y Costa.

Familia toda muy creyente y fiel a la Iglesia Católica, observante y practicante de la moral y costumbres de dicha fe. Fruto de esta familia fue el citado Andrés; Carmen (su hermana) vivió como religiosa Carmelita descalza cuarenta y seis años en convento “La Granja María Luisa” de Ogíjares.


Vida en el Colegio

En los años de su niñez, Andrés fue llevado por sus padres, Manuel y Carmen, al colegio menor (juniorado) de los Padres Carmelitas Descalzos de Córdoba en donde quedó ingresado como alumno interno con intención de seguir ese carisma, aunque todavía era niño.

Durante los tiempos que corrían, a los aspirantes a Carmelitas no se les concedían vacaciones entre familiares. Transcurrido un tiempo, el hermano de Andrés, Manuel, se trasladó a Córdoba y visitó a su hermano; ¡Sorpresa ingrata! Vio al estudiante alto, delgado, tan desmejorado, a causa de unas calenturas tifoideas y el desarrollo rápido. Este familiar, de vuelta a casa de su padre le describió el estado tan lastimoso y descuidado del niño Andrés. Pronto la familia decidió ir a Córdoba y traerse a casa al alumno. Fue a consecuencia de esta baja de salud, que Andrés en años posteriores de su vida le quedara como secuela un resentimiento de reúma que tuvo que curar y vigilar, incluso de sacerdote, sobre todo, a temporadas.


Ingreso en el Seminario

En el curso académico 1922-1923, (4) restablecida la salud de Andrés, y al mantener su ferviente deseo de ser ordenado sacerdote, ingresó en el Seminario de S. Cecilio de la Plaza de Gracia de Granada. Por haber sido estudiante carmelita, de hecho se matriculó en el segundo año de latín, o por su frágil salud estudió a título de Patrimonio.

Cura de patrimonio era un estudiante a sacerdote que se ordenaba no al servicio de la diócesis sino a título privado o a entidad, no ejerciendo de sacerdote en parroquia.

Así el padre de Andrés corrió con todos los gastos de internado y enseñanza académica de su hijo, gastos que en los años que transcurrían eran muy gravosos de afrontar. Cuentan familiares que el padre hubo de enajenar bienes y fincas para solventar tales gastos, ya que además tuvo que afrontar la dote de su hija, Carmen, ingresada en el convento de Carmelitas Descalzas.

En esta situación de estrechez económica el padre solía repetir de buen grado y humor: “Quien quiera ver su capital menguar, que meta las hijas a monjas y los hijos a estudiar”.

Pasaba los años y Andrés se acercaba al final de estudios y carrera. 14 de abril de 1931 comienza la Segunda República. Era el año 1932. Por esta época había turbulencias sociales y políticas en nuestro país; los seminarios se veían con menos vocaciones, mucho abandonaban sus estudios por miedo a los tiempos tan inseguros y revueltos. De hecho, el 11 de mayo del año anterior más de un centenar de iglesias y conventos fueron incendiados o desvalijados. Por los años finales de carrera fallece su padre.

El día 21 de mayo de 1932 don Andrés fue ordenado subdiácono, no a título de “patrimonio” sino al servicio de la diócesis de Granada. Tal vez, por haber menos vocaciones o al encontrarse Andrés huérfano de padre. Las autoridades de la diócesis aconsejaron recibirlo como cura al servicio de parroquias.


Celebración de la Primera Misa

El día 23 de junio de 1933, fue ordenado sacerdote en Granada. Su primera misa fue en Ogíjares; como es natural entre madre, familiares y demás conocidos, fue día inolvidable, que se rememoraría más y más en el tiempo en que don Andrés ya no viviera. En esta fecha todo eran felicitaciones, agradecimiento a Dios y bendición del cielo para la madre; todos llenos de felicidad compartida.


Párroco de Instinción

En breves días don Andrés recibe su primer y único nombramiento de cura ecónomo de la parroquia de Instinción y encargado de Rágol que por aquella época pertenecían a la diócesis de Granada; él con santa impaciencia, reúne sus cosas: cama, colchón, mesa y dos sillas, nada más. Alquiló un carro de bueyes de un señor de Armilla para transportarla a Instinción; ocho días en ida y vuelta para hacer el porte; por carreteras y caminos de montaña.

Instinción, un pueblo de la provincia de Almería, por lo eclesiástico pertenecía a la diócesis de Granada, arciprestazgo de Canjáyar. Se halla en pleno valle Andarax, a unos 25 kilómetros de Almería, al borde la carretera que sube a la Alpujarra almeriense; pueblo blanco, apiñadas sus casas situadas entre la ladera del río Andarax al pie de la sierra de Gádor. Extenso valle verde muy fértil. En este valle se encuentran unos 22 pueblos hasta subir al puerto de la Rágua para salir a Guadix. Actualmente Instinción cuenta con unos 600 habitantes. Por entonces eran algo más de 2000, dedicados al cultivo de la uva de mesa en forma de parrales; naranjos, limones, hortalizas, verduras. Hoy se ha transformado en cítricos, frutales, hortalizas, invernaderos y algo de turismo.

Su Iglesia del siglo XVI está deteriorada por la erosión de los años. En esta parroquia y por julio del 36 se hallaba don Andrés ejerciendo su sacerdocio desde hacía ya tres años a la edad de 27.


Carta

“Instinción, 16 de septiembre de 1936″

¡Viva el Sagrado Corazón de Jesús!

Muy queridísima madre y hermanos: estas letras quiero que sean de despedida, que espero les entregará mi muy amigo y estimado don Luis, para que se consuele lo mismo usted que mis hermanos y toda la familia. Termina de decirme esta pobre gente que compadezco y perdono de todo corazón, que si quiero librar mi vida, tengo que casarme y si no lo hago, me matan, y yo pensando no en esta vida, sino en la otra, que es la verdadera vida, les he contestado que prefiero que me maten antes de renegar de nuestra santa religión, y espero en Nuestro Señor Jesucristo y en Nuestra Madre la Santísima Virgen que me darán fuerzas para dar la vida por Dios, lo mismo que lo han hecho ya otros compañeros y lo hicieron innumerables mártires. Madre muy querida y hermanos muy amados, no tengáis pena porque me hayan matado; al contrario, dad muchas gracias a Dios Nuestro Señor, porque me ha elegido para ser mártir, y desde el cielo pediré por todos vosotros y por todos los de la familia, y así aquí, en la presente vida, no he tenido la dicha de abrazaros, en el cielo espero para daros el abrazo eterno y reinar y gozar eternamente con Nuestro Señor, la Santísima Virgen y demás Santos escogidos.

Madre queridísima, no tengáis pena, le repito; al contrario, debe estar usted muy orgullosa, porque es usted madre de un mártir; y a vosotros, hermanos, digo lo mismo: sois hermanos de un mártir, que desde el cielo vela por vosotros y todos mis queridísimos sobrinos.

Para terminar quiero daros algunos consejos: sed siempre muy buenos católicos; amad cada día con un amor más grande a Nuestro Señor y a Nuestra Madre la Santísima Virgen, y si algún estuvierais en el trance en el que me encuentro yo, renegar de Dios o dar la vida, dad la vida mil veces, los sufrimientos pasarán y el premio será eterno.

Adiós madre mía; un abrazo te envía y lo mismo a Santiago, y a todos mis hermanos y a toda mi familia. Que así sea y que pronto nos veamos en el cielo.

Su hijo y hermano, Andrés Molina.”


Muerte de Don Andrés

Era la madrugada del 19 al 20 de septiembre de 1936; tras un plazo de reflexión sigue firme en su fe religiosa, profundamente convencido, insiste y confiesa su fe ante algunas personas venidas del comité local de Almería. En la mañana temprano, él y otras personas de pueblos cercanos fueron conducidos en un vehículo dirección Almería; viendo ya acercarse su fin, don Andrés dijo a los tres hombres del pelotón de ejecución: “si nos vais a matar dejadnos ir solos, desapareceremos sin cargos contra vosotros, os pido que no carguéis con ninguna muerte, pensad bien lo que vais a hacer, que es un crimen muy grande, Dios nos ve; toda la vida estaréis cargando con este pecado, no viviréis tranquilos ni felices en ninguna parte. Estos días pasaran pronto y el peso de los crímenes no os dejara vivir; yo no os guardo rencor, os perdono de todo corazón”.

Uno del pelotón echo mano al brazo de don Andrés quitándole el reloj: “esto no te va a hacer falta más”. Andrés se lo entregó libremente.

A poco, la camioneta llegó al fatal sitio. Era el cruce de la carretera hacía Illar, en el paraje de “El Umbrión”. Bajados y arrodillados cara al tajo le ordenan que se preparen a morir. Unos momentos para rezar y encomendar su alma a Dios; Andrés con voz sonora volvió a perdonarles de corazón “que Dios os perdone. Ya sabéis que yo os perdono”.

Tres hombres armados por detrás en línea, a una señal, abatieron a estos mártires de la fe cristiana. Era por la mañana cuando la Alsina del pueblo con viajeros pasaba junto a los tres cadáveres, D. Andrés, D. Antonio y Antonio Alcaraz Moreno ya tendidos en el suelo; todos estremecidos vieron el espectáculo de cadáveres. Después hicieron una fosa común arrojando los cadáveres sin vida. Rociados con gasolina los quemaron tapándolos con tierra.

Este relato está tomado del acta judicial que el comandante del puesto tomó a los criminales a los pocos meses, una vez liberada la zona, declaración que ellos mismos confesaron fielmente admirando la entereza con la que vieron morir perdonando a don Andrés.

También D. Manuel Rodríguez Rodríguez, declaró ante el tribunal diocesano de Almería, una vez iniciada la causa diocesana, que hacia las cinco de la mañana, cuando se dirigía a la vendimia, de un día que no recuerda tiene noticia de estas muertes y para cerciorarse se acerca a dicho paraje donde encuentra los cuerpos aún humeantes, y ve con sus propios ojos como los crímenes eran ciertos.

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